El mundo en que vivimos, un festejo imperdible

Es parte de la naturaleza humana ser débil y ceder a la tentación de disfrutar de una vida cómoda, no importa si prestada, a cambio de que nadie y nada nos incomode. Sólo que ni la decisión es personal, ni la ilusión resulta un sueño individual. Algunos ejemplos para el ojal que necesitan los botones de todas las muestras. Ni París fue, ni el planeta se ha convertido en una fiesta. Por Luigi Lovecchio

Suele decirse: "Hay un mundo mejor, pero es carísimo". Más apropiado sería decir que a ese mundo mejor lo estamos tirando por la borda. Sin darnos cuenta, y víctimas de cambios vertiginosos, quedamos atrapados en una ola de confusiones, malentendidos y desorientaciones.

Claro, es una sociedad de consumo donde todo está preparado para llamar la atención sobre productos milagrosos y atractivos, lo que nos quita la dignidad de poder elegir -y hacer funcionar cada tanto el cerebro-. Es parte de la naturaleza humana ser débil y ceder a la tentación de disfrutar de una vida cómoda, no importa si prestada, a cambio de que nadie y nada nos incomode.

Y es ahí donde aparecen los "vivarachos" de siempre -que de esta condición del hombre conocen bastante- a sugerirnos que aceptemos éste o aquel plan: todo en virtud de nuestra felicidad. ¿Y quieren saber? Aceptamos. Como es natural, con los bolsillos vaciados de billetes y la alegría de quienes nos estafaron.

My dárling TV

La televisión por cable llegó con la promesa de librarnos de la publicidad. Por eso pagamos un canon mensual. Al principio fue así; pero, poco a poco, los canales de cable se fueron llenando de avisos publicitarios.

¿Para que pagamos el cable si la publicidad es igual a la de los canales de aire? ¿Dónde fue a parar aquella promesa de tener una televisión libre de publicidad?

La contradicción entre las promesas y la realidad no termina aquí. La TV cable logró su gran penetración en el mercado gracias a los canales de cine. Pero fue un veranito al que siguió el otoño de la mediocridad y la repetición. Porque esos canales cambiaron de programación y característica una vez que las empresas estabilizaron su clientela.

Con el negocio abrochado por un fenómeno de adicción, el "abonado" (fuimos ciudadanos, nos convertimos en clientes, ya sólo arañamos la clase de abonados) se desayunó una mañana con la novedad de que ¡tenía que volver a pagar para ver una programación "premium" de esos mismos canales...!

Y con la misma prontitud de un mago que produce truco tras truco para conservar la atención del público, la novedad que se volvió rutina -el cable- comienza a sustituirse: llegó la televisión satelital.

Hoy reducida en nuestro país, la Argentina, a la oferta exclusiva de Direct TV (Sky, como se recordará, hizo sus valijas y abandonó a su suerte a sus abonados), la televisión satelital plantea un enigma. ¿Por qué su tarifa es más cara que la del cable?

Los argumentos para justificar el sobreprecio -requiere una inversión empresarial mayor, ofrece un servicio más eficiente, permite el acceso a más señales- son falsos. Sólo cuesta más. La lógica lo dice todo: es más fácil mandar una señal desde un satélite a millones de teleadictos que tender un cable por todas las calles de la ciudad para mandar la misma señal que la empresa gestora acaba bajando del mismo satélite...

Contradicciones del "márketing" y sus maniobras para obtener ganancias desmedidas, además de asociaciones lícitas/ilícitas fraguadas en el secreto de las federaciones empresariales, donde sotto voce se acuerdan los términos acerca de cómo será lanzado un determinado producto y a qué precio para no incomodar la ya existente red de prisioneros del cable.

El juguete móvil

Imagen 2Ahora que estamos en esto recuerdo que es así para todo, incluyendo el asunto de los teléfonos celulares sobre los teléfonos comunes de uso doméstico. La señal de los primeros, por la tecnología que emplean, es mucho más económica que la segunda, pero -a pesar de todo- las tarifas son más caras, carísimas.

Y ni hablemos de los teléfonos domésticos. Telefonica, con su poderoso 112 TOTAL, prometía mares y montes: ofertas por doquier aliadas a una eficiencia que los argentinos no estábamos acostumbrados a escuchar.

Hasta que, después del deslumbramiento inicial, un análisis más atento de esas ofertas nos llevó a considerarlas engañosas y fraudulentas. Haga la prueba. Analice con detenimiento todas las ofertas de Telefónica, tire sus cuentas y verá que la "Línea Cero" y otras le resultan más caras que quedarse con la tarifa común; es decir: Telefónica te quita por la izquierda lo que te da por la derecha

¿Se afeita el señor; pelillos, señora?

Otro ejemplo que asombra es la de la terrible Gillette. Cuando sus nuevos productos salieron al mercado prometiendo afeitadas y afeitadas con la misma hoja, el consumidor constató con maravilla que realmente las nuevas hojas podían llegar a durar un mes o más.

Sólo que encareció el producto -una vez barrida la competencia, comprándola, seguro, con millones- y una vez que dominó el mercado mundial, redujo la calidad del tratamiento del acero para entregar menos afeitadas a sus obligados fieles consumidores. Rebajaron, también, la calidad de la espuma de la crema de afeitar para que un frasco rindiera menos afeitadas. A un CEO de Gillette se le escapó una reflexión al respeto. En una entrevista con el legendario Sergio Villarruel (QEPD) declaró: "Podríamos fabricar una hoja de afeitar que puede llegar a durar un año o más, pero seria un mal negocio para nosotros."

El "modelo"

Imagen 1Estos ejemplos son apenas la modesta mini presentación de un modelo que está a la vista. Todo el mundo gira peligrosamente sobre ese eje: el de las leyes soberanas del mercado abastecido con productos “novedosos” que desorientan al "cliente" y hacerlo sentirse en desventaja, al borde de sentirse rezagado, si no los usa o consume.

Nos ponemos en la fila para vivir en un mundo bullicioso de retumbantes promesas de felicidad y de beneficios -que nos llegan por todos los medios, pero especialmente a través de los medios- controladas por empresarios que lo único que atinan a pensar es en su propia felicidad económica.

¿Se puede aspirar a tener un mundo mejor?

Tal vez. Eso sí: no pasa porque sea "carísimo". Por el contrario. Será un camino arduo y difícil controlar la codicia feroz de ciertas empresas, que pisotean y arrastran impunemente las reglas merced a las cuales nuestra sociedad -judeo-cristiana- se desarrolló, sin contemplar ningún aspecto relacionado con sus normas éticas.

Y, mientras tanto, viviremos en un planeta más cruento y más ajeno, en el que la misma condición humana es tomada por la nariz e inducida a respirar el aire que se le ofrece y no el que realmente le resulte más conveniente.

Llevando la observación más allá,o más acá, de las cotidianidades se obtiene una imagen real de la humanidad/rebaño. Muchedumbre obligada a seguir las huellas... Un rebaño forzado a parecerse al de las ovejas, dirigidas por su pastor.

Eficientes estudios de mercado nos desnudan las arrugas más minúsculas y ponen al descubierto cada secreto íntimo, que se utilizará para operar sobre nuestras convicciones. Las "reglas del mercado" se traducen en hacernos creer que somos protagonistas, estimulando nuestra vanidad, ciegándonos con noticias flameantes, teniendo en cuenta nuestro narcisismo. La realidad es que estamos sumergidos en disciplinas que marcan un camino del cual será muy difícil salir.
Esta nota se complementa con un interesante vídeo señalado por Susana Mulé, compañera de ruta e inspirada buceadora. Vealo cliqueando a seguir:
https://www.youtube.com/watch?v=44G5T2tAJhc

 

 

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